Pedro Peñaloza

“La ley debe ser como la muerte, que no exceptúa a nadie”

Montesquieu

Se repitió la liturgia. Nada cambió en el ritual del informe presidencial de Claudia Sheinbaum. El ADN priista se estacionó en Palacio Nacional. Los 300 invitados aplaudieron al unísono los énfasis presidenciales. Es decir, fue un acarreo de burócratas almidonados. 

La esencia de este tipo de ceremonias es la ausencia de cualquier tipo de debate entre los representantes de los poderes de la unión. No lo hubo en el pasado, mucho menos en la era de la 4T.

En la fecha del balance anual de la titular del ejecutivo se rehúye la discusión plural. Morena tiene la mayoría legislativa para cambiar el formato del informe. No quiso, porque no conciben que la líder del movimiento, como lo fue con López Obrador, sea tocada ni con el pétalo de una leve crítica. Ellos son infalibles y prístinos, no pueden ser interpelados por la oposición. Esto es una característica clásica de los regímenes autoritarios y faraónicos.

Recordemos: el añejo modelo consistía en la toma de la Cámara de Diputados por parte del Estado Mayor Presidencial un día antes del informe para restringir el acceso y garantizar el orden de la ceremonia unívoca del emperador en turno. Así, podía enarbolar sus “logros” sin ningún contratiempo; después, un legislador de la mayoría llenaba de elogios al titular del ejecutivo y terminaba el festejo del día del presidente.

Hasta en los sexenios del priismo más rancio el informe se daba frente a la tribuna legislativa, cuando los espacios se abrieron marginalmente otros partidos también se dejaron oír. El informe ahora se da únicamente frente a porristas del partido, sumados hoy los representantes de los otros poderes que ha venido cooptando Morena.

El informe de la inquilina del Palacio describió un país imaginario con poses autocomplacientes. No habló de la crisis de los desaparecidos, de las madres buscadoras, de los problemas del (mediocre) crecimiento económico, de las obras y proyectos fallidos, del crecimiento de los trabajadores informales con su inherente pauperización, de la falta de oportunidades laborales y del exponencial ejército juvenil de reserva, entre otras asignaturas pendientes.

A dos años de esta administración el poder presidencial levanta o baja el dedo para cobijar militantes de su partido acusados de corrupción, lavado, huachicol o narcotráfico. En seguridad continúan descabezando líderes, pero la demografía de la criminalidad y sus negocios se expanden; las cárceles se llenan de presuntos culpables, más militares disfrazados de policías, fiscalías y jueces a modo protegiendo a los ricos y amigos, pero deteniendo a los pobres. Los “diferentes” sí fueron peores.

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