LOS RITUALES POÉTICOS DE LOS GATOS
Agencia Reforma
Monterrey, NL 25 julio 2026.- Con el pretexto de que el 8 de agosto se estableció como el Día Internacional del Gato, me doy ahora el gusto de convocarlos a la lectura y la reseña de un poemario de Alberto Ruy Sánchez: «El silencio del gato» (Ediciones Era, 2025).
En estas páginas, entre domésticos y callejeros, la gracia y el desenfado de estos animales se plasman (nos atrapan) no solo con gracia, sino también con ingenio, mientras el autor intenta capturar esa esencia felina, que suele ser francamente elusiva, misteriosa y difícil de definir; en palabras del mismo autor: «El misterio del gato, tan hondo y tan lleno de humo, tan sólo se manifiesta, tal vez, como ese otro animal de la retórica, el oxímoron: hecho de dos expresiones opuestas que generan un nuevo sentido: ‘Su silencio elocuente, su mutismo expresivo'».
Esta fecha para reencontrarnos con los también llamados mininos fue instituida en 2002 por el Fondo Internacional para el Bienestar Animal. De hecho, es un llamado a tomar conciencia para cuidar y proteger -incluso mediante la adopción responsable- a los gatos.
Pero, más allá de estas preocupaciones prácticas, los poetas, a lo largo del tiempo, han entrevisto en ellos una complicidad hecha de intuición e independencia, como guardianes espirituales que entran y salen de nuestros sueños y de nuestra intimidad doméstica.
EL RITUAL DEL RONRONEO
El gato en la madrugada
va a ronronear en mi pecho.
Con su penumbra pausada
sobre mis piernas avanza.
Se acerca tan sigiloso
que casi no me despierta.
Entra al ritmo de mi aliento
como se penetra un sueño.
Pone las patas al frente
y me vuelve su aposento.
Es visitante lejano,
un garabato del tiempo.
Es una esfinge que mira
por mis ojos, más adentro.
Fijamente se abandona,
entra en trance respirando.
Ronronea tan cadencioso,
más profundo cada instante.
Con la garganta vibrando,
murmura cantos de siglos
en alfabetos perdidos,
como oficiando un misterio.
Deja en mi pecho sus ecos
que multiplico dormido
como si yo ronroneara
dentro de un sueño felino.
El texto anterior corresponde al primer apartado del libro, «Rituales». Acto seguido, el poeta -siempre un buen observador- nos hace partícipes de sus anotaciones detalladas, minuciosas, expectantes. En «Anatomías», por ejemplo, se detiene a reflexionar y divagar sobre la cola del gato y sus movimientos tan expresivos:
La cola del gato
anuncia el asalto,
nos dice que acecha.
Con gracia abanica
la nada, la sombra,
y aquello que anhela.
Otro punto para destacar en este libro de Ruy Sánchez es el panorama literario que, de alguna u otra forma, se manifiesta en franca complicidad con los gatos: hay muchas citas, algunas bellísimas, como las de Borges, Eliot, Neruda, Twain o del colombiano Darío Jaramillo Agudelo. También hay un copioso anecdotario de citas, entre las que destacan las de Olga Orozco, Bukowski, Théophile Gautier y el mismo Abraham Lincoln.
Y, claro, también hay referencias (anécdotas) de algunos escritores que, a través del tiempo y en distintas culturas, privilegian el sigilo del gato, ese aire silencioso y, a la vez, pautado para escucharlo pasar por las calles o dentro de casa, como una música:
UN GATO ES AIRE PAUTADO
Con instinto inesperado
de gran aliento materno,
Doris Lessing nos sugiere
que si el pez vivo y coleando
es movimiento del agua
que ha tomado ya otro cuerpo,
el gato es pauta y diagrama
de un aire más delicado.
En términos del asombro
que produce su existencia
y pensando en sus bigotes
entonados en alerta,
el gato, entonces, sería
música de aliento fresco
que emana desinhibida
de un instrumento de cuerda.
Sin duda, Ruy Sánchez ha hecho de la convivencia cotidiana con su gato una fuente inagotable de inspiración. En poco más de cien páginas aparecen títulos como los siguientes:
El gato proverbial.
Implacable.
Trance felino.
La leve impaciencia del gato.
Inquietos seductores.
El gato es un aire pautado.
Hecho de sombras.
Los portadores de la noche.
La transformación del gato.
El ritual del ronroneo.
Nadie baña sus ojos en el mismo gato dos veces.
Al final de estas páginas, el poeta mexicano revela la fuente que dio origen al título del libro. Propone entonces una última cita del escritor y diplomático francés Paul Morand, una cita que, de alguna manera tan desaforada como elocuente, intenta atrapar al gato -su esencia- en una sola definición: «Amo a los gatos porque son silenciosos e incomprendidos
Los gatos niegan a explicarse; sólo son incomprensibles para quien ignora la potencia expresiva de su mutismo. No hay ser vivo que tenga un rostro más elocuente que el gato: la curiosidad, el asombro, la aprensión, el terror, la alegría, la ferocidad, el apetito, la voluptuosidad, la decepción, la cólera e incluso el amor pasan por sus ojos como largos relámpagos».
Alberto Ruy Sánchez, en «El silencio del gato», deja el portón abierto y la invitación gozosa para contemplarlos a través del oficio y la curiosidad del poeta, una curiosidad que se mueve en esas líneas sigilosas -un ronroneo de versos- que lo inscriben en el mundo:
Como gato blanco dentro de un gato negro.
Animal dentro del animal.
Relámpago sin trueno.
Luz que es claridad y misterio
como un libro que al final se cierra.
Y este libro que al final se cierra, ¿encierra gatos o poemas? ¿El gato o el poema? ¿Son lo mismo? Repito: son eso: «luz que es claridad y misterio».