LOCURA TRICOLOR
- México rompe el maleficio y sueña en grande
El Estadio Ciudad de México, la catedral del futbol fue testigo de una noche que quedará grabada en la memoria colectiva. La Selección Mexicana, bajo la batuta de Javier Aguirre, no solo venció 2-0 a Ecuador, sino que exorcizó los fantasmas del pasado al romper una racha de siete eliminaciones consecutivas en fases de eliminación directa mundialista. El sueño, que tantas veces chocó contra el muro de la realidad, hoy ha mutado. El Tri hizo un partido perfecto, atacó con idea, tuvo profundidad y fue imbatible en defensa.
Desde el silbatazo inicial, la garra verde se apoderó del terreno de juego. El equipo nacional saltó a la cancha con una intensidad asfixiante, un dinamismo que sofocó cualquier intento de reacción ecuatoriana. El planteamiento táctico fue una clase de movilidad y lectura de juego. Destacó la irrupción del joven Mora, quien, lejos de mostrar el nerviosismo propio de su edad, se plantó con la soltura de un veterano. Con pases filtrados y una valentía constante para buscar el arco rival, Mora demostró que ya no es una promesa; es una realidad incontestable.
Por la banda derecha, la sociedad entre el «Piojo» Alvarado y Sánchez resultó un clave a la defensiva. La libertad de Alvarado para circular por el carril central fue el catalizador del primer gol. Fue un pase profundo, a la espalda de los centrales, el que permitió a Julián Quiñones recortar hacia adentro y ejecutar un remate soberbio que hizo temblar hasta los cimientos de Tlalpan. La tribuna estalló. «¡¿Y si sí?!», coreaban los aficionados, contagiados por una mística que se sentía desde el Himno Nacional.
El dominio tricolor fue total.
Antes de la media hora, una salida larga de Jiménez, apoyada en una triangulación precisa con Quiñones, culminó con el propio Raúl Jiménez mandando el esférico a las redes para el 2-0 al minuto 31. La tormenta verde era indescifrable para Ecuador.
En la segunda mitad, Aguirre mostró pragmatismo. Ante los ajustes tácticos de los sudamericanos, el Tri optó por una postura más precavida. La solidez defensiva se blindó con el ingreso de Israel Reyes y Obed Vargas, una variante que neutralizó cualquier intención de los ecuatorianos, quienes, carentes de ideas, se estrellaron una y otra vez contra la muralla azteca.
Los números hablan por sí solos: cuatro victorias al hilo, ocho goles a favor y cero en contra. Esta fase de grupos no fue un espejismo; frente a un equipo ecuatoriano plagado de talento en Europa, México dio un golpe de autoridad.
Las lecciones de jugar los partidos de eliminación directa en casa es un activo invaluable en la búsqueda de ese soñado quinto partido.
La afición vivió una catarsis colectiva. Los «olés» al minuto 5, el retumbar del «Cielito Lindo» y el grito de «¡México, México!» transformaron el estadio en un refugio de esperanza. Por noventa minutos, los problemas del país se difuminaron. Ahora, el horizonte apunta hacia los octavos de final. Salvo una sorpresa mayúscula, Inglaterra será el siguiente gran desafío. Pero hoy, México no solo avanza; hoy, el futbol nacional se permite, finalmente, creer.










