HAY NICARAGUA, NICARAGUITA
Uriel Flores Aguayo
Explosivas, desgarradoras y deprimentes las palabras del vetusto dictador Daniel Ortega, exguerrillero, en el sentido de que en Nicaragua no habrá más elecciones. Junto a su esposa, Rosario Murillo, copresidenta, tienen veinte años, con un periodo anterior, de haberse instalado en el poder a sangre y fuego. Es un caso raro, de corte demencial; más allá del típico delirio de poder y culto a la personalidad. Han traicionado todo y a todos: encarcelaron a sus propios compañeros de partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional, a otros los expulsaron del país después de despojarlos de patrimonio y nacionalidad. Gobiernan con el garrote y un discurso añejo y abstracto para justificar su carácter vitalicio. Duele.
En 1979 encabecé una plantilla estudiantil en la Escuela Normal “ECR” a la que pusimos los colores rojos y negros inspirados en la revolución sandinista, además en los folders de propaganda teníamos la imagen del che Guevara. Creíamos en las revoluciones asumiendo que derivarían en sociedades igualitarias y justas; nos equivocamos, tales fenómenos sociales ocurren en determinadas coyunturas históricas y, sin falla, terminan en tiranías. Cuando se observan los detalles resulta que también ocurren en un contexto de intervención externa.
Nicaragua está en Centroamérica, apenas rebasa los siete millones de habitantes con todo y un fuerte número de exiliados. Su gobierno tiene rasgos místicos, con prácticas esotéricas y un delirante culto a la personalidad del dueto presidencial. Es un poder de excesos al grado de perseguir a la iglesia católica, prohibiendo celebraciones y expulsando a sacerdotes; han expropiado sin freno alguno escuelas y bienes de la sociedad civil, a la que persiguen; obviamente no existe la libertad de expresión, es más, ninguna libertad. Ellos son los dueños del país, los que deciden todo en plan familiar y no se tientan el corazón para reprimir y matar. Son criminales. Anunciar la supresión de las elecciones, ya no únicamente que no sean libres, es hacer realidad su sueño dictatorial, es decir, desentenderse de la voluntad de la ciudadanía, pensar y decidir por ella. Superaron en mucho a Somoza, aquel dictador que derrocaron con una revolución. Son más crueles y falsifican su propia causa. Si el pueblo, visto aquí en un sentido amplio, no se puede expresar ni elegir a su gobierno, con todo y la propaganda, va a acumular la energía suficiente para expulsar algún día a los sandinistas del poder. Así lo indica la historia. Será lamentable, por supuesto, que tengan que acudir a la fuerza y sufrir violencia para recuperar la libertad y a su país. Por un poco de nostalgia y otro tanto de esperanza mientras tanto hay que escuchar las sublimes canciones de Carlos Mejía Godoy y los de “Palacaguina”. Su canto es arte, reconforta e inspira.
Recadito: ojalá los representantes populares se aparecieran en los momentos en que la gente tiene problemas.