DEMANDAN COREÓGRAFAS SU TERRITORIO EN LA DANZA

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Agencia Reforma

Ciudad de México 6 marzo 2026.- Desde los años 90 hasta hoy, solo cinco mujeres han sido reconocidas con el Premio Nacional de Danza Guillermo Arriaga.

 Galardonada por la pieza Prity Guoman en 2025, la coreógrafa Miranda García (Hermosillo, 1998) plantea que más allá del reconocimiento este hecho «abre preguntas sobre quienes han habitado históricamente los espacios de legitimación dentro de la danza contemporánea y por qué sigue siendo importante nombrar la presencia de mujeres en estos territorios».

 La creadora escénica sonorense sostiene que el historial del premio demuestra que el feminismo sigue siendo una conversación necesaria.

 «En los espacios institucionales de las artes también está posicionada la masculinidad en primer lugar, siempre», recalca García, formada en Hermosillo y afincada desde hace año y medio en la Ciudad de México.

 Además, explica, en el contexto del premio ella fue la única mujer finalista, a pesar de que hay tantas coreógrafas.

 «(Se) cuestiona más a la mujer creadora que a un hombre: ‘¿por qué hiciste eso? ¿de qué querías hablar?’. Eso se me hizo muy fuerte. De por sí, como mujeres siempre convivimos con el síndrome de la impostora y luego, estos cuestionamientos para validar tu trabajo», plantea.

 Se asume como feminista, ha participado en círculos de lectura y colaborado con colectivas.

 De manera natural, la teoría feminista está presente en su creación coreográfica como en su pieza Sucediendo adentro sobre la intuición.

 «Es que vive en tu cuerpo», revira la coreógrafa, quien triunfó en la categoría como coreógrafa emergente, con cinco años de trayectoria.

García aborda en Prity Guoman, que juega con la fonética del acento mexicano, los cánones de belleza patriarcales y la violencia estética que atraviesan las mujeres en la contemporaneidad.

 En sus palabras: «los mandatos de representación, la presión por encajar en imaginarios normativos y las formas en que el cuerpo femenino es constantemente leído, corregido o disciplinado».

 Una pieza cuya creación responde a una «urgencia política» y no a una opción estética.

 «Mi pieza es muy performática, más allá de unísonos y saltos, o cómo voy a impresionar al público, el eje era el dolor que ha atravesado a la mujer», expone en entrevista.

 «Y sí, es una obra que se estrenó en un premio, pero de alguna manera quería que fuera una postura política: ‘no me voy a desdoblar por la aprobación masculina’, de por sí todo el tiempo estamos rodeadas de eso».

Un acto de libertad

Lograr la victoria significó para García, intérprete de la pieza junto con Aime Irasema y Angie Albarrán, «poner sus cuerpas en escena no solo como un acto artístico sino como un gesto de resistencia, memoria y libertad».

 Hace dos años, la coreógrafa se sometió a una cirugía de tobillo cuyas complicaciones resultaron en seis operaciones y un año de recuperación, alejada del escenario, y de reconocerse en el mundo quirúrgico.

 Esta experiencia la llevó a preguntarse cuál es el motor de las mujeres para atravesar el dolor de una cirugía estética y si es soportable.

 En su caso, era una intervención por salud, pero cuál es el anclaje de aquellas mujeres mayores restiradísimas de la cara, sin ninguna arruga, que veía con tanta frecuencia en el contexto norteño, se les llama «las inventadas».

 O de las adolescentes que recibían como regalo una «nueva nariz» a los 15 años o al graduarse de preparatoria. Y más adelante, el baby botox con solo 20 o 22 años.

 De su salón, tres chicas con nariz grande se operaron con solo 14 años. Entendió en ese momento que su nariz «estaba mal». Pero ella fue la única que no pasó por el bisturí. Aunque con honestidad admite que sí llegó a pedírselo a su mamá, no quería dejar de pertenecer a la categoría «bonita».

 «Más allá de juzgar a las mujeres que lo hacen, tenemos que entender el contexto porque yo creo que una se reconoce entre comillas fea a partir de la comparación, del bombardeo de imágenes y comentarios», expone.

Entre dualidades

El vestuario fue conceptualizado con Andrés Zepól, también sonorense, a partir de la investigación sobre el ácido hialurónico, sus efectos en el cuerpo y la medicina estética hecha por García.

 Una sustancia que al no reabsorberse por completo en el cuerpo da pie a la formación de bulbos.

 Zepól dispuso usar globos transparentes dentro de las mallas que envuelven el cuerpo para simular los efectos indeseables del ácido hialurónico para deformar o por el contrario, resaltar la sensualidad de la figura de la mujer.

 La idea del diseñador de vestuario fue incorporar elementos de lo bello y lo sensual, así como de lo restringido con el uso del corsé para apretar el cuerpo.

 «Me encantó porque justo la pieza atraviesa la dualidad de lo monstruológico y lo bello todo el tiempo. Esa es la experiencia de la mujer en este mundo».

 También está presente lo quirúrgico con hilos que cruzan las piernas y las costillas al evocar la sensación de cicatrización y recuperación, además de máscaras.

Recuperar el activismo

Después del boom del 2019, percibe un cierto abandono del movimiento feminista.

 «Pero con mayor razón no podemos abandonarlo (al feminismo) porque el patriarcado no ha sido derrocado», reclama.

 Le desespera escuchar como queja: «ay, otra obra de mujeres» o bien, «otro evento de mujeres para mujeres».

 «Y digo: ‘no va a ser suficiente’. No lo va a ser», protesta. «¿Cuándo hemos dicho: ‘Ay, otra obra de hombre para hombre’. ‘Ay, otra película de guerra’? Todos los años hay una película de guerra y nunca se dice eso, pero como nuestra guerra no la consideran tan importante, de esa no hay que hablar tanto».

 En ese sentido, el premio no solo marca un logro individual, sino la posibilidad de seguir ampliando el imaginario de quién puede ocupar estos espacios.

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