Agencia Reforma

Ciudad de México 13 febrero 2026.- Así como despachó al todopoderoso Alejandro Magno con su memorable «muévete que me tapas el sol», Diógenes de Sínope tampoco aceptaría dádiva alguna de tipos como Elon Musk o Bill Gates.

Lo que tales hombres podrían ofrecer a «El Perro» no es sino una riqueza tan solo aparente, por entero contraria a aquella que la escuela filosófica de los cínicos atesoró desde la creencia de que todo lo que uno necesita ya está en el mundo y no tiene precio.

«Sin dudas, Diógenes ‘El cínico’ habría rechazado su caridad», atizó la filósofa alemana Vanessa Lemm el pasado jueves en su paso por la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la UNAM.

Mientras que los modelos económicos extractivistas han conducido a la actual crisis medioambiental, haciendo de la naturaleza y la civilización humana meros antagonistas, la historia de las ideas contiene ejemplos de otras formas de relacionarse con el mundo y los demás, tal cual ponderó la pensadora al dictar la conferencia «Pobreza y riqueza en la era del Antropoceno: reflexiones desde Nietzsche y los cínicos».

«Una de las cuestiones claves a las que nos enfrentamos hoy en día en el antropoceno es la creencia de que la mejora de la especie humana sólo puede lograrse mediante el progreso tecnológico impulsado por economías capitalistas que se basan en la extracción de recursos de nuestro planeta», apuntó la académica de la Universidad de Greenwich, en Reino Unido, así como de la de Melbourne, en Australia.

Para Lemm, lo que debería anteceder al dilema trágico sobre cómo proteger los bienes comunes globales –en supuesto riesgo de agotarse a causa de un acceso ilimitado y uso en exceso– es un replanteamiento sobre qué significa la riqueza.

«Propongo que la verdadera riqueza sólo puede derivarse de la pobreza», enunció la filósofa no desde el sentido material de tales términos, sino más bien desde lo espiritual.

«La paradoja de la riqueza y de la pobreza es que quien no posee nada tiene más que dar que los ricos. Esa es la idea».

El mejor ejemplo de esto es ése famoso encuentro entre Alejandro Magno y Diógenes, quien ha perdurado como el más conocido exponente de esa escuela de pensamiento surgida en el Siglo 4 a.C. y que aceptó la pobreza en contraposición al intercambio monetario, «fuente del mal, de la guerra y del conflicto».

No se trataba, explicó Lemm, de un ascetismo del tipo que implica renunciar a todo y retraerse del mundo en favor de un estado interno de satisfacción, donde la pobreza del mendigo es riqueza «porque la mayor y, de hecho, la única forma posible de riqueza es poseerse a uno mismo».

El problema con esa lectura, desafortunadamente tan común, es que resulta en un «individualismo hiper inmunitario», cuando en la filosofía cínica más bien hay una apuesta por la comunidad.

«En la visión no ascética de la pobreza el yo necesita ir más allá de lo que está fuera de él, es decir, hacia el otro, hacia la naturaleza. (.) Los cínicos buscan desarrollar una relación diferente con la naturaleza, una que no se basa en el dominio», resaltó Lemm.

«Es gracias a esto que son capaces de insertarse en una red de relaciones no humanas, o distintas de las humanas, pero en una comunidad de vida que preserva la vida del individuo. Los cínicos buscaban demostrar que esa cosmo-comunidad de la vida es más poderosa que las relaciones sociales y políticas instituidas en la polis», continuó.

En consecuencia, la concepción cínica de la riqueza no es subjetiva y cerrada en sí misma, sino cósmica y abierta al uso común de los bienes que la naturaleza proporciona generosamente para la satisfacción de las necesidades de todos.

«Desde la perspectiva de los cínicos, aquellas cosas que se necesitan para preservar la vida pertenecen a todos y no son propiedad de nadie. Forman parte del patrimonio común global», expuso Lemm. «El uso libre y común de aquellas cosas que son necesarias por naturaleza se opone diametralmente a la idea de propiedad e intercambio de mercancías».

El que mejor habría comprendido esto fue Friedrich Nietzsche (1844-1900), quien encumbró la noción de dar como una virtud que enriquece; «la idea nietzscheana de dar regalos se refiere, justamente, a la pérdida de uno mismo en ambos sentidos de ir más allá y de hundirse», señaló la autora de títulos como La filosofía animal de Nietzsche: Cultura, política y animalidad del ser humano y Homo natura. Nietzsche, antropología y biopolítica.

Aunque Lemm encomió la de los cínicos como una filosofía radicalmente pública, con un trabajo individual que termina en una transformación cultural, política y social, reconoció que no es para todos, y su intención no era hacer un llamado a entregarse a la animalidad.

Pero sí poder revalorar esa antigua noción de la naturaleza, reconociéndole como participante en las prácticas de donación, en lugar de como una reserva permanente para la explotación y el extractivismo. Un exhorto urgente dado «este mundo tan fregado», en palabras de la filósofa, quien desató risas al sincerarse diciendo: «Yo no quisiera tener 20 años hoy».

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