Ciudad de México 6 noviembre 2026.- Recibiendo mil 75 pesos los días 15 de cada mes a lo largo de un año, un joven Jorge Ibargüengoitia de 26 años concibió la comedia en tres actos Clotilde en su casa.

 Ocurrió a mediados de la década de 1950, siendo el narrador guanajuatense becario del hoy extinto Centro Mexicano de Escritores (CME). Lo fue, de hecho, durante dos periodos, 1954-1955 y 1955-1956; de ahí que cuando volviera a solicitar el apoyo una década después ya no le fuera concedido. Sus planes, no obstante, eran interesantes.

 Lo que el autor pretendía, según plasmó en una solicitud extemporánea fechada en agosto de 1965, era terminar su reportaje acerca de las Poquianchis entrevistándolas en prisión -Las muertas, su libro sobre el tema, no salió sino hasta 1977-; escribir una novela en la que reconstruiría la figura de su padre, y completar un volumen con una docena de relatos, de los cuales ya tenía listos cuatro.

 «No sé si podré terminar este libro en el transcurso de un año, porque yo escribo un cuento en dos o tres días, pero en toda mi vida no se me han ocurrido más que seis. Sin embargo, estoy seguro de que proponiéndome pueden ocurrírseme bastantes temas», comprometió el autor de Los relámpagos de agosto, cuyos relatos mantenía guardados en un clóset.

 «Espero que pasen por alto el retraso con que mando esta solicitud y que me den la beca, que buena falta me hace», se lee en el documento que posee la Biblioteca Nacional de México (BNM) como parte del amplio acervo del CME a su resguardo desde hace dos décadas.

 Recién en marzo pasado se cumplieron 20 años de la donación a la UNAM, a través del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (IIB) -que entonces dirigía Vicente Quirarte (1954-2026)-, de tan importante fondo documental, testimonio de buena parte de la historia de la literatura mexicana de la última mitad del Siglo 20.

 «El doctor Vicente Quirarte tuvo conocimiento de que el Centro se disolvía, porque ya había llegado a su ciclo. El Centro cubrió la necesidad de incentivos económicos para nuevos escritores durante unas cuatro décadas, más o menos; y llegaron a la conclusión de que se terminara esa fase», cuenta en entrevista María Alejandra González Aguilar, técnica académica del IIB a cargo del acervo del CME.

 «Fue la época, a inicios de este siglo, en que ya surgieron sistemas de becas auspiciados por el Estado», continúa la comunicóloga de formación con especialidad en archivística y gestión documental. «Y el doctor Quirarte, por su formación o su calidad de literato, tuvo conocimiento de esto y gestionó (la entrega); gracias a él, el Centro decidió donar el archivo».

 Tal conjunto está integrado por, entre otros objetos, los expedientes de alrededor de 270 becarios del CME, indica González a REFORMA durante una visita al Fondo Reservado de la BNM, donde lo albergan.

 Juan Rulfo, Rosario Castellanos, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Luisa Josefina Hernández, Inés Arredondo, Jaime Sabines y el ya mencionado Ibargüengoitia, fueron algunos de los jóvenes talentos a los que en su momento benefició económicamente el CME, y de quienes González muestra parte de sus expedientes.

 Ahí está, por ejemplo, la copia del manuscrito original que Rulfo entregara de Pedro Páramo, aunque con el título tentativo de Los murmullos y en la cual se aprecian varias anotaciones y correcciones que el autor hiciera a mano alzada.

 «Para quien le interese saber qué tanto cambió del manuscrito que presentó como trabajo final al libro que editó por primera vez el Fondo de Cultura Económica, pues aquí está abierto a quien quiera hacer ese trabajo minucioso de revisar las correcciones o las modificaciones», invita González, refiriendo que quienes acuden a revisar el archivo son, principalmente, jóvenes tesistas e investigadores.

 De Sabines, está el manuscrito de una colección de poemas con el título provisional de Osiris, y que incluye una pieza fundamental como Algo sobre la muerte del Mayor Sabines; de Castellanos, por otra parte, se puede encontrar investigación sobre la figura femenina, que la autora amplió a partir de su tesis de licenciatura Sobre cultura femenina (1950).

 «Es importante porque ahí están ya en ciernes sus ideas respecto a la desigualdad de género, los derechos de las mujeres o su representación en producciones artísticas. Ahí hace una serie de críticas importantes respecto a la representación que hacían de las mujeres en la televisión, en la radio, en la publicidad, incluso en un arte de tanto prestigio como el teatro», apunta González.

Avatares contidianos

Además de los propios escritos que terminaran conformando el canon literario mexicano, resulta valioso que en los expedientes se conserva el contrato que dichos autores celebraron con el CME para recibir estímulo económico.

 Esto permite ver, entre otras cosas, el compromiso expreso del Centro a «hacer cuanto sea posible para que los trabajos realizados durante el disfrute de la beca sean publicados, y a considerar éstos como propiedad exclusiva del becario».

 A cambio, los beneficiarios debían comprometerse a dedicar todo su tiempo a cumplir el plan de trabajo manifestado; «será permitido el desempeño de cátedras por menos de nueve horas de lección a la semana. En todo caso, el Comité Ejecutivo aprobará las labores que puedan desempeñar los becarios», se lee incluso en un contrato de Elizondo.

 Asimismo, los solicitantes tenían que dar cuenta de sus motivaciones para buscar el apoyo, y ello constituye un retrato valioso no sólo de estas grandes personalidades de las letras nacionales sino del entorno en el cual germinó su quehacer.

 A Arredondo, además de su interés en crecer como escritora mediante el contacto con colegas, la movía la necesidad económica: «Aparte de atender las necesidades domésticas de mi hogar, me veo precisada a hacer diferentes trabajos para ayudar al mantenimiento de mis tres hijos. Con estas dos obligaciones mi día está más que lleno y escribir es, en mi situación, verdaderamente un lujo», registró en su solicitud.

 Elizondo, de 30 años y casado, aludía también a la «apremiante necesidad de poder trabajar con cierto desahogo económico». Y es que, en un periodo de tres meses, la entrega de un guion para un cortometraje, un artículo para la Revista de la Universidad de México, un libro de 50 cuartillas sobre cine y dos conferencias, no habían dejado al futuro autor de Farabeuf o la crónica de un instante más de 2 mil pesos.

 «Lo que supone una entrada bastante pobre si se tiene en cuenta el tiempo y el esfuerzo que he dedicado a ellos», sostendría.

 Mientras cada expediente incluye retratos de los becarios en cuestión, la donación del acervo también incluyó una colección de poco más de mil fotografías en las que quedó inmortalizada la estimulante actividad del CME, cuyos beneficiarios debían reunirse semanalmente para intercambiar comentarios.

 «Son fotos de conjunto muy interesantes también. Y en su momento, cuando llegó el archivo, se decidió separarlas para tenerlas en la sala de Iconoteca», señala González.

 «Sería también muy interesante poder, si no un libro, poder digitalizar algunas o en su totalidad esa colección fotográfica, que es también muy representativa».

Esfuerzo de catalogación

Finalmente, la técnica del IIB relata que en la última década el principal esfuerzo realizado en torno a éste acervo, además de ordenar los expedientes, ha sido la correcta catalogación de su contenido, no como items individuales, que es como sucede en las bases de datos bibliográficas.

 «Como no están diseñadas para almacenar este tipo de material, los archivos son, digamos, huéspedes mal tratados en una base de esas», explica González.

 «Con el del CME empezamos a hacer el tratamiento de los archivos como un todo, como un conjunto documental, no como piezas sueltas que se metían así, sin indicar procedencia, sin indicar que forma parte de un conjunto documental orgánico que surgió de manera natural en el desarrollo de las actividades del Centro y de cada uno de sus becarios».

 En otras palabras, ha sido necesario idear y poner en marcha una base de datos archivística apropiada para las necesidades de catalogación de ésta y de las casi 90 unidades de archivo que aloja el Fondo Reservado de la BNM.

 «Ya está configurada, ya está instalada; estamos en los primeros ingresos. El CME va a ser de los primeros que estén ahí representados», subraya la especialista, orgullosa, pues narra que es producto de una ardua labor de «picar piedra para convencer a las autoridades, a los niveles directivos, de coordinación y de jefaturas, que esto es posible y es viable».

 Los interesados en visitar el Fondo Reservado para consultar los tesoros que contiene el acervo del CME y los demás archivos a resguardo pueden escribir a fonres@unam.mx para conocer los requisitos.

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