Uriel Flores Aguayo

El poder, esa capacidad de influir y controlar a otros, es una relación que, sin contrapesos, suele ser demoledora. Cualquier tipo de poder, incluso el que tenga que ver con cuestiones divinas. El poder es humano y, por tanto, sujeto a la condición y calidades humanas. Sin controles el poder deriva a la deshumanización y a la confiscación de la dignidad individual. Cualquier tipo de poder: político, empresarial, religioso, sindical, militar, delictivo, mediático, etcétera.

Las dictaduras son la muestra de un poder sanguinario donde la opinión de la gente no cuenta. Las locuras de Donal Trump, más por su edad, exceden lo imaginable y llevan al mundo en un tobogán de histeria y guerras. El caso de Epstein, depredador sexual, trae el enfoque a las depravaciones de ciertas élites incluso monárquicas.

Los escándalos globales del padre Maciel y el jefe de la Luz del Mundo, ponen en crisis la verdad en esas religiones, cuestionadas en su raíz y sentido ante tamaño fraude espiritual.

Los medios tradicionales todavía cuentan con la influencia suficiente para ejercer poder de persuasión y linchamientos. En los grandes sindicatos sus líderes son dueños de vidas y presupuestos; defienden su estatus con las garras. Del mundo de la política, de menos a más grado, tal vez sea ocioso, por obvio, decir algo; es el terreno donde el poder es cultura y casta; desde un pequeño dirigente hasta funcionarios y representantes exhiben su poder, chico o grande.

Son llamativos en general, se distinguen por su forma de comportarse y hasta de vestir. Viven al máximo su poder. Es todo un mundo. Hay otros tipos de poderes desde luego. Por ejemplo, el de la delincuencia organizada funge como Estado paralelo: cobra impuestos, obtiene rentas de cualquier actividad económica, cuenta con sus fuerzas armadas, dicta sentencias y a veces coloca a gobernantes. Las características principales de los poderosos tienen que ver con el control y las maneras que obtienen beneficios. Todos eleva su nivel de vida, en algunos casos a instancias desproporcionadas. Se comportan como nuevos ricos y caen en la tentación de exhibir sus riquezas.

Hay un poder algo desconocido y difuso, el de la ciudadanía y las organizaciones sociales; su dispersión y falta de conciencia como tal les resta fuerza y capacidad de influir en los gobiernos.

Los poderosos pueden brincarse las leyes, apropiarse de recursos públicos, eternizarse en los cargos y disponer de las personas para cualquier fin. Es más grave cuando el que ejerce un poder tiene problemas patológicos, como ocurre con los sicópatas y pederastas que registra la historia. La prolongación del tiempo en el poder implica falta de paz, verdad y progreso. Hay lunáticos en el mundo que tienen todo el poder.

Encontramos casos crueles y destructivos en las experiencias del líder de la Luz del Mundo, confeso de violación y preso en los Estados Unidos, y en el padre Maciel, otro violador de personas y códigos religiosos. En la manipulación espiritual hay mucho más que crueldad, existe la ruptura con lo más íntimo, esas creencias que dan sentido de vida a muchas personas.

Es curioso, contradictorio y patético que los seguidores de líderes fraudulentos  les continúen creyendo y apoyando. Viven un estado de fanatismo, donde la evidencia no cuenta y optan por vivir en el engaño.

Para evitar males el poder tiene que limitarse con controles. Solo de esa manera podemos vivir en libertad y con respeto absoluto a nuestra dignidad. Los hombres son hombres, con sus imperfecciones; no existen los puros, y menos en la política.

Los aspirantes a redentores deberían caminar a lo religioso. Los cultos personales de cualquier tipo son nocivos, concentran energías en figuras particulares y restan capacidades colectivas. Creer y tener fe en seres divinos es cuestión religiosa y de tradiciones; hacerlo incondicionalmente en personas concretas resulta dudoso y hasta absurdo. Importa el criterio propio, el pensamiento crítico y la información suficiente para vivir en sociedad sin miedo, con libertad y sin ignorancia.

Recadito: el patético “trastupijes” vive con y del vómito.

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