DOMÈNEC: LA GOTA QUE DERRAMÓ EL VASO
Por: Profesor Ernesto de la Rosa
En el pecado llevó la penitencia.
En el futbol, como en la vida, traicionar la propia naturaleza suele cobrarse caro. La salida de Domènec Torrent del banquillo de los Rayados de Monterrey no es producto de la casualidad, sino la consecuencia lógica de un estratega que, en el momento de mayor exigencia, decidió renunciar a la identidad de su plantel.
Resulta incomprensible, y hasta cierto punto ajeno a la historia del «Gigante de Acero», ver a un Monterrey jugando de local sin un centro delantero nominal. Teniendo una de las plantillas más profundas y cualitativas del continente, el entrenador español optó por un dibujo táctico que gritaba temor. Al alinear una línea de cinco defensores —con Salcedo, Guzmán y Medina como centrales, y los laterales-volantes Chávez y Ortega—, Torrent no buscó el protagonismo; buscó refugio.
Este planteamiento mostró un respeto excesivo al Cruz Azul de Nicolás Larcamón. Al poblar la retaguardia de forma estática, le brindó todas las facilidades a la máquina cementera. En el centro del campo, la apuesta por Fimbres y Torres (bis) como escudos dejó a Sergio Canales como una isla solitaria en el ataque. El problema radicó en la sensibilidad defensiva. Los volantes rayados no «sienten» la marca, permitiendo que el peso del partido recayera totalmente en una zaga que se vio superada numéricamente ante la movilidad de Fernández, Paradella, Palavecino y las constantes incorporaciones de Rotondi.
Monterrey no solo perdió tres puntos ante su gente; perdió la brújula. Un equipo diseñado para mandar terminó replegado, viendo cómo el rival le movía la pelota en su propia casa. La afición, que no entiende de experimentos timoratos cuando se tiene tal arsenal en el vestidor, dictó sentencia desde la tribuna.
La gestión de Torrent termina con más dudas que certezas y con un vestidor desconcertado por la falta de una columna vertebral definida. Al final, el futbol es un juego de estrategías, y la de Domènec ante la Máquina fue la de la rendición anticipada. El pecado fue el respeto excesivo; la penitencia, el desempleo.