ARQUEOLOGÍA CIENTÍFICA EN TEOTIHUACÁN
Agencia Reforma
Ciudad de México 2 enero 2026.- Linda Manzanilla, quien ha propuesto que en Teotihuacán funcionó un consejo de gobierno, en lugar de un mando único, se ha internado también en la vida cotidiana de esta antigua ciudad multiétnica para descubrir, entre otras cosas, la dura condición de los migrantes: desnutridos y condenados a extenuantes jornadas de trabajo que les impedían incluso salir a tomar el sol.
Lo dicen los huesos de entierros hallados en Teopancazco y analizados por la arqueóloga y su equipo, y cuyos resultados detalló recientemente en la sede de El Colegio Nacional durante la conferencia «Estudio forense de la población multiétnica de Teotihuacán».
La ciencia aquí juega un rol crucial.
Teopancazco fue un centro de barrio multiétnico -uno de los 22 que se establecieron en Teotihuacán, una urbe de unos 20 kilómetros cuadrados-, ubicado en el distrito sureste. Fue estudiado en un seminario que convocó a biólogos, químicos, físicos, osteólogos, genetistas y arqueólogos, entre otros especialistas, quienes compendiaron sus conclusiones en cinco volúmenes.
Cada sector teotihuacano se enriquecía y exhibía sus bienes frente a otros barrios, señaló la arqueóloga.
Las materias primas y bienes suntuarios se conseguían, en el caso de Teopancazco, en un corredor que llegaba hasta Veracruz, de donde obtenían no sólo peces, cangrejos y cocodrilos, cuya piel utilizan para saleas, sino también mantas de algodón y vidrio volcánico para los pisos de estuco.
Y además «entusiasmaban» a migrantes para que se incorporaran en las caravanas.
El estudio de 116 entierros de Teopancazco con tecnología científica del siglo 21 permitió dilucidar, a partir de aspectos como su alimentación y sus enfermedades, qué sucedió con los migrantes una vez que se trasladaron a Teotihuacán.
Eso hace la arqueología, enfatizó Manzanilla: contar historias.
«No se trata nada más de anexar datos científicos, uno tras otro, sino de contar la historia como antropólogo; es decir, qué estamos viendo en el pasado prehispánico para ser analizado antropológicamente».
Y, para ello, echar mano de la ciencia.
¿Qué comían?
Con isótopos de nitrógeno y carbono pudo determinarse que los trabajadores foráneos recibían una alimentación a base de maíz, como tamales, atoles y tortillas, además de perros y guajolotes, también alimentados con granos.
Manzanilla destacó las discrepancias entre esta dieta y la de los albañiles teotihuacanos, que estudió en Oztoyahualco, en la parte noroeste de Teotihuacán.
«¿Qué comían los albañiles teotihuacanos? Maíz, frijol, calabaza, chile, amaranto, huauzontle, capulín, tejocote, venado, liebres, tres variedades de conejos, perros, guajolotes y aves acuáticas.
«Los albañiles tienen una dieta muy balanceada en proteínas, en plantas, y muy variada, pero a los trabajadores, la mayor parte foráneos, se les daban raciones a base de maíz. No se les trataba igual que a la base trabajadora de Teotihuacan. Esto es algo muy interesante».
¿De dónde procedían y a qué grupos genéticos pertenecían?
Con isótopos de estroncio se identificaron tres grupos de población en Teopancazco: locales teotihuacanos, gente del corredor hacia Veracruz, y la de Veracruz, entre otras procedencias, reveló Manzanilla.
A partir de estudios de ADN antiguo se identificó también en este barrio la presencia de los cuatro haplogrupos genéticos de Mesoamérica: A, B, C y D.
«Algunos entierros tienen haplogrupo A, otros B, otros C, otros D. Esto nos dice que Teopancazco es un sitio de muy alta diversidad biológica. Comparado con otros sitios donde se ha hecho ADN antiguo, éste es uno de los lugares con mayor diversidad biológica», destacó la especialista.
¿Qué padecimientos tenían?
A través de técnicas de antropología física se reconocieron patologías que dejan huellas en el esqueleto, como el estrés nutricional en la infancia.
«Esto es muy importante, porque la mayor parte de las gentes que emigraron a Teopancazco tuvieron en sus lugares de origen una dieta no muy buena. Por eso se ven criba orbitalia, hiperostosis porótica, hipoplasia del esmalte, o sea huellas de estrés nutricional en la infancia», expresó.
«Como buenos migrantes, entraron a las caravanas porque querían mejores condiciones de vida, trabajar en la gran ciudad de Teotihuacán y ser alimentados. Lo que no sabían eran las condiciones en las que iban a trabajar: como maquiladores, durante muchas horas al día».
No podían, siquiera, exponerse al sol.
«No los dejaban salir, estaban trabajando todo el día, les traían la comida para que siguieran trabajando», contó Manzanilla.
Incluso se hallaron bebés que heredaron de sus madres condiciones asociadas al estrés nutricional.
¿A qué se dedicaban?
El estudio sobre todo de esqueletos completos permitió identificar actividades como la costura prolongada.
«Tanto que tenían entesopatías en la mano. Otros individuos ablandaron fibras con los dientes y tienen el desgaste de los incisivos».
La entesopatía es una afección que afecta las entesis, puntos donde los tendones, ligamentos y cápsulas articulares se unen a los huesos.
Otras actividades involucraban cargamento, como lo demuestran los restos de un individuo alto y corpulento que acompañaba las caravanas hasta Nautla y utilizaba un mecapal -faja apoyada en la frente para cargar en la espalda- para transportar peces.
«Tuvo compresión de vértebras cervicales, abultamiento del occipital y entesopatías en los pies por las caminatas cargando hasta Nautla y de regreso.
«Este individuo fue muy interesante porque, como cargaba, seguro se trajo los peces de regreso abiertos en forma de mariposa, pero también se los fue comiendo, porque tenían un fuerte componente marino en la dieta. Se los fue comiendo en la noche, mientras no veían los demás de la caravana», explicó.
Otros miembros de la caravana se desempeñaban como buzos que obtenían los moluscos marinos y desarrollaron entesopatía en el oído.
Manzanilla subrayó finalmente la labor colectiva de investigadores de distintas disciplinas de la ciencia.
«Tenemos una gran responsabilidad de dar cuenta científica de este pasado, no hacer ciencia ficción, sino ciencia con el pasado arqueológico, que finalmente es nuestro pasado: nuestro ser».