CULTURA Y NATURALIZACIÓN DE LA VIOLENCIA
UNO MENOS
Salvador Farfán Infante
En muchas familias a los hombres se les inculcan más los valores de competencia para que logren el éxito y a las mujeres se les enseña a cocinar, (jugando a la comidita), se les motiva a la maternidad (con las muñecas) y se les forma para que sean buenas amas de casa, es decir, buenas esposas y buenas madres. Este rol no es negativo por sí mismo, siempre y cuando no limite el desarrollo de la mujer
y la atención hacia sí misma.
Las creencias sociales dictan que las mujeres deben ser pasivas, tiernas, sumisas, obedientes, dependientes y dedicadas al cuidado de los demás; adicionalmente deben percibir a los hombres como superiores, proveedores, representantes de la autoridad y del poder de decisión; así, los hombres deben ser agresivos, competitivos y deben mandar y ejercer el poder.
Es en la familia, a través del aprendizaje de los roles de género, como se ha transmitido el ejercicio del poder que define la relación de pareja de dominio y sumisión.
A lo largo de la historia, las relaciones de dominio-sumisión, en las cuales una persona tiene poder sobre otra, han afectado más a las mujeres, los niños, los ancianos y los discapacitados y favorecido más al hombre.
En esta sociedad se ha creído por mucho tiempo que en la relación entre hombres y mujeres, el varón siempre debe tener el poder o más poder que, además, le da privilegios, por lo que muchos hombres piensan que las mujeres son débiles y dependientes, que deben ser protegidas y, por lo tanto, deben obedecerlos. Inclusive hay muchos que piensan que como ellas son “tontas”, ellos deben gobernar sobre sus vidas, cuerpos y dinero.
La estructura de la familia patriarcal ha sido aceptada como parte de las prácticas sociales normales en todo el mundo y ha propiciado en muchos hogares un abuso del poder dentro de la familia que hoy se sabe que es violencia.
Comúnmente cuando un hombre maltrata a su pareja, esa conducta se atribuye a los celos, el consumo de alcohol, los conflictos del matrimonio o a su mal carácter y rápidamente se teje una maraña de justificaciones que maquillan o disfrazan la violencia que sufren las mujeres a mano de sus parejas o ex parejas.
La violencia, cuyo escenario principal es el hogar, es una práctica social dolorosa, que genera conflictos, tensiones y daño físico y emocional. Es un problema que hasta hace algunos años se consideraba como una situación privada e íntima, que correspondía sólo a los integrantes de la familia, era un secreto tolerado e invisible
en la sociedad. Se considera como un hecho vergonzoso, que genera temor y culpa, porque la mujer no lo habla, sino lo acepta y reproduce con los hijos, donde jerárquicamente tiene más poder.
Es común escuchar que las abuelas se decían “atrapadas” en sus funciones de hijas, hermanas, esposas y madres, y continuaban sintiéndose así, siempre dispuestas a dar lo mejor de ellas, con amor, paciencia y tolerancia. Si las golpeaban, no tenían posibilidades de reclamar, pues era factible que las maltrataran aún más, por lo que aceptaban esta situación, como “su destino” o “su cruz”. Sus posibilidades económicas eran limitadas y si el hombre las dejaba, eran
objeto de estigma social; se convertían en mujeres abandonadas, solas, aunque tuvieran varios hijos, ya que carecían de un hombre que estuviera al frente de la familia. Desgraciadamente, aun cuando las cosas van cambiando, todavía en muchas familias se presenta esta situación.
En la mitad de los hogares mexicanos se observan prácticas de violencia, principalmente hacia mujeres y niños. La violencia familiar es de género y generacional. En ocasiones, el hombre golpea a la esposa y ella después agrede a sus hijos en ese ejercicio del poder sobre los más débiles, como son los niños; los pretextos son muchos, se dice que ellos lo provocaron porque no hicieron la tarea, gritaron, no comieron, etcétera. Y esta violencia se reproduce entre los hijos, pues se enojan entre ellos y se pelean: el mayor golpea o agrede al menor y éste a la mascota o a sus juguetes.
Se creería que bastaría con denunciar la violencia para que se extinga, pero lo cierto es que el problema es más complejo. La violencia es tan poderosa que se ampara con la invisibilización, la banalización, la naturalización y la legitimación, para volverse intocable y mantenerse impune.
Así, a pesar de que la violencia vive en el hogar, duerme en la casa, enferma a los hijos y exilia la felicidad de las familias, no siempre se logra ver o reconocer, aunque alguien trate de hacerla evidente, y como se dice “aquello que no se ve no existe”, y si se logra ver, no siempre se considera como algo dañino.
Fuente: Violencia Familiar y Adicciones. CIJ