INVITA JOSÉ GORDON A EXPANDIR LA CONCIENCIA
Agencia Reforma
Ciudad de México 29 diciembre 2025.- El humano, como el pez dorado en la pecera, se confina en su mundo sin trascender los límites impuestos. Pero siempre habrá quienes se sitúen más allá del tiempo y del espacio. El escritor y divulgador científico José Gordon los reúne en su más reciente novela Los sueños de Patanjali.
En esta obra, que aúna literatura y ciencia, publicada por Grijalbo, Gordon convoca a Patanjali, sabio de la antigua India –siglo 2 antes de Cristo- que indagó los estados expandidos de la conciencia para integrarse con la naturaleza, como también lo intentaron el poeta irlandés William Butler Yeats, el filósofo e historiador de las religiones rumano Mircea Eliade y el autor austriaco Gustav Meyrink.
«En esta novela exploro personajes que han estado en la búsqueda de esos registros que nos invitan, de alguna manera, a salir de la pecera», dice en entrevista Gordon.
«Hay personajes que a lo largo de la historia nos han dado reportes de esta percepción más sutil, que incluso implica posibilidades que a veces no consideramos factibles, como ver objetos ocultos a la vista, entrar de alguna manera dentro del sueño de otra persona o conocer lo que está imaginando otro», ejemplifica el también ensayista y traductor.
El conductor y director de La oveja eléctrica, revista de ciencia y pensamiento del Canal 22, apremia a explorar los universos internos, pues, contrasta, se conoce más el universo exterior.
«Podemos tener incluso fotografías de agujeros negros. Sin embargo, el universo interno es algo que desconocemos, cuando lo que sucede en nuestros cerebros es asombroso».
Por ejemplo, señala, el cerebro humano, de acuerdo con la neurociencia, aloja 100 mil millones de neuronas, una cantidad similar a la de estrellas en algunas galaxias.
«Es prácticamente como tener una galaxia en el cerebro, y esto se vuelve más asombroso cuando –como dice el neurocientífico David Eagleman– en cada centímetro cúbico de tejido cerebral hay más conexiones que todas las estrellas en la Vía Láctea».
En la exploración del mundo interno, Oriente ha señalado algunas claves para explorarlo, señala.
«Y Patanjali precisamente plantea que la mente puede, a través de la meditación, alcanzar un estado de quietud en donde no solo se experimenta una serenidad profunda, sino que desde ahí también brotan todos los impulsos de la naturaleza».
De acuerdo con la neurociencia, agrega Gordon, esa quietud repercute en las ondas cerebrales y produce cambios fisiológicos específicos.
«Realmente existe la posibilidad de experimentar un estado de quietud que han registrado los poetas, que han registrado las tradiciones antiguas y que hoy, a través de la ciencia, empezamos a atisbar cómo puede ocurrir eso».
¿Sólo en ese estado se puede acceder a la Gran Memoria?
Ese estado ha sido nombrado de diferentes maneras. En la cultura de la India se llamaba Samadhi. Otros le llaman Nirvana. En la cultura cristiana se habla del reino de los cielos que está en el interior.
Pero la pregunta es: ¿cómo me abro a ello?, ¿cómo accedo a la Gran Memoria? ¿Cómo me unifico finalmente? Porque hablamos de una unificación profunda con la naturaleza. Yeats habla de ello como la Gran Memoria: un espacio donde están todos los impulsos que han existido y existirán más allá de las barreras del tiempo y del espacio. Y entonces la gran pregunta es ¿cómo podemos acceder a ello?
Gordon recuerda que el cineasta David Lynch decía que con la meditación trascendental podían explorarse capas más profundas y silenciosas «hasta llegar de una manera espontánea y sin esfuerzo a un estado de tanta felicidad que realmente se escapa a los nombres que hemos tenido para nombrarlo».
El arte, la poesía, la literatura y la amistad también pueden propiciar esa experiencia, afirma.
«A veces, en la amistad, atisbamos que podemos tocar al otro y que el otro es parte de nosotros. Pero a veces también nos consideramos olas aisladas, únicas, sin contacto con las demás y no nos damos cuenta de que en el fondo todos somos lo mismo: el mismo mar, la misma memoria».
Darse cuenta de ello tiene también un efecto en las sociedades y en la inteligencia colectiva, señala Gordon.
«Y en la forma en que nos vinculamos, porque entonces empezaríamos a ver al otro como una parte de nosotros mismos. Por lo general nos concebimos limitados dentro de nuestra piel, pero no estamos confinados en nuestro cuerpo, sino que de alguna manera tenemos la capacidad de salir de nosotros mismos, de ir más allá y descubrir que somos cosmos, no nada más estos fragmentos que a veces miramos».
El vitral del entendimiento religioso
Cuando la religión es generosa, amplia, respetuosa del otro y está basada en experiencias de identificación y comunión con el otro, se integra en una suerte de vitral, dice Gordon.
«Un vitral con sus diversos colores podría hablarnos de las diferentes culturas y las diferentes religiones. Es la misma luz, pero está filtrada en los colores de las distintas culturas.
«Si pudiéramos tener una percepción orgánica de esto, estaríamos hablando precisamente de una mayor posibilidad de comunicarnos, de no aislarnos, de no fragmentarnos y de no caer en algo que hoy me parece que es terrible, que se llama el sesgo de la confirmación: todos queremos confirmar lo que ya sabemos y no nos abrimos a los otros».