‘LOS VIEJOS SABIOS… NUNCA DE EXTINGUEN’

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Érika P. Buzio                                   

Agencia Reforma

Ciudad de México 31 agosto 2025.- El bien morir es uno de los temas inscritos en mis tareas obsesivas», confesó Arnoldo Kraus (1951-2025) en su libro La morada infinita (2019).

Comenzó a interesarse en el bien morir hacia 1995, en buena medida después de compartir durante un año en el laboratorio de patología con el eminente médico Ruy Pérez Tamayo, donde combinaban «una buena dosis de medicina con una buena dosis de filosofía».

«El mayor reto de la vida no es la muerte: la decisión de cómo morir y su proceso es el verdadero desafío», escribió en aquel libro.

«Ante el imparable peso de la tecnología y la extraordinaria aparatología capaz de mantener vivos por tiempo indefinido a enfermos graves, muchas veces sin esperanza, es necesario pensar y construir el escenario personal sobre el final de la vida. Adueñarse de la muerte es el culmen de la dignidad y de la libertad; hacerlo implica apoderarse de la vida. Quienes deciden sobre su propio ser son ejemplo; subrayan la importancia de la autonomía y heredan a los suyos lecciones de libertad y dignidad».

Estas líneas contienen algunas ideas fundamentales y constantes desarrolladas por Kraus en sus libros: autonomía, libertad y dignidad.

Se trata de uno de los pioneros en México de la bioética, fallecido el sábado a los 73 años debido a un cáncer que se reveló en unos estudios de rutina.

En Cuarto 412, un libro ya póstumo que publicará Penguin Random House, narra su experiencia personal con la enfermedad.

En su última comunicación, el pasado 19 de agosto, Kraus le escribió al editor Andrés Ramírez diciéndole que había logrado terminar el volumen del que le había hablado seis meses antes.

«Logró hacer un esfuerzo titánico y lo concluyó», comparte Ramírez a REFORMA.

En el correo, el médico no adjuntó el libro, sólo le avisaba que estaba terminado y estaba dándole los últimos toques. Una comunicación muy simbólica para el editor al haberlo recibido en el cumpleaños de su fallecido padre, el escritor José Agustín.

«No lo he podido ver, pero por supuesto que lo sacaremos», añade. «Estamos muy muy honrados de que nos haya dejado este último libro». Aunque, por lo prolífico que era, apuesta a que aparecerán más cosas, pero Cuarto 412 es al que le habría dedicado los últimos momentos de su trabajo e inspiración.

Era un gran clínico, un lector culto, admirador de Antón Chéjov, y un gran conversador con buen humor, según lo describe Rafael Pérez Gay, editor en Cal y Arena de sus libros Una lectura de la vida (2002), A veces ayer (2020) y La vida, Un repaso (2023).

Se declaraba un «furibundo creyente» de la relación médico-paciente.

En su práctica fueron muchos a quienes acompañó con bonhomía y escucha. Acompañar, decía, era una obligación médica y humana.

«Era un gran clínico que daba a la escucha un papel fundamental, incluyendo una parte psíquica que manejaba magníficamente», agrega Pérez Gay en entrevista.

Creía en una relación de iguales. Si bien, los médicos eran los expertos en la enfermedad, era importante saber qué significaba la enfermedad para el enfermo.

«Siempre decía esto de ayudar a los pacientes a tomar sus propias decisiones, a respetar su autonomía, cuidar su dignidad», refiere, por su parte, la tanatóloga Gina Tarditi.

En La morada infinita escribió que acompañar a morir a un enfermo era el culmen de una relación abierta, sana, bilateral, «donde el médico empodere a su enfermo y éste decida, en conjunto con su galeno, qué es lo que desea hacia el final de la vida».

Abogaba por una legalización de la eutanasia, al argumentar que en casos donde la enfermedad es incurable y el sufrimiento incesante, no es justo prolongar la agonía. «¿Quién gana con el sufrimiento de una persona?», se cuestionaba.

Kraus hablaba desde una ética laica que, a diferencia de la religiosa, «propone, no impone»; tampoco discrimina, sino respeta. «No divide, no es autoritaria».

«Hacía hincapié en que la dificultad estaba, por un lado, en las creencias religiosas que teníamos que dejar de lado para poder hablar del tema, pero también se necesitaba de actores políticos dispuestos a enfrentar lo que podría ser un cobro de factura», abunda Tarditi, columnista de este diario.

Era, además, un prolífico escritor, autor de novelas, cuentos, ensayos sobre bioética y de un libro ilustrado para niños: Adiós, Glinka, en referencia a la muerte de su perra.

En el ensayo Arnoldo Kraus: Una lectura de la vida, Vicente Quirarte alabó su estilo de escritura: claro, riguroso y perspicaz.

Una obra caracterizada por ser una mezcla de «reflexión personal, análisis literario y experiencia médica», agrega el académico de la lengua, con base tanto en la literatura como en sus experiencias con los pacientes.

«Siempre tengo papeles en las bolsas, anoto ideas, pero también compromisos bancarios, familiares, hasta de pacientes; anoto ideas que pueden crecer para un relato, para luego desarrollarlas y de ahí surge mucho», contó el médico a REFORMA.

No era sólo una voz y mente sabias, era un hombre congruente. Sin proponérselo, dejó en las páginas de La morada infinita el que podría ser su epitafio: «Los viejos sabios nunca se extinguen. Quizás por eso mueren menos, quizás por lo mismo nunca callan».

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